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10 julio 2009

Tinya


Pep Tinya caminaba por el centro de la ciudad intentando no pensar en su futuro. Como venía siendo habitual en los últimos meses, quizás en los últimos años, había tenido un día nefasto y lo único que deseaba era consumir el tiempo que le separaba de la cama antes de que fuera el momento de acostarse y hundirse en la insondable paz del sueño. Vestido con un polo azul marino, bermudas blancas y náuticos clásicos, se desplazaba arrastrando los pies a través de las calles más estrechas y tenebrosas de Palma de Mallorca. Una vez más había empezado el verano y no había un solo rincón en aquella telaraña de cemento en el que pudiera esquivarse el pringoso abrazo del calor que llegaba en pesadas oleadas desde el continente africano. Tinya odiaba el calor húmedo de la isla, los mosquitos que convertían ciertas noches en odisea, las playas a rebosar de turistas tostados como si soñasen con cambiar el color de su piel. Odiaba el sol que parecía cocer al ser humano igual que si de figurillas de barro se compusiese la raza, sudar constantemente, andando, pintando o haciendo el amor. Prefería los días grises de otras épocas, el frío, la lluvia.

Impulsado por un extraño deseo de compañía, y puede que también de alcohol, se desvió de su recorrido para echar un vistazo al Gibson, centro de reunión para algunos de sus allegados. Él mismo, en tiempos mejores, había sido uno de sus parroquianos habituales, aunque de eso hacía tiempo y no quería acordarse. El pasado le producía una desagradable sensación de tristeza que no estaba dispuesto a soportar a menos que fuera imprescindible hacerlo. Lo único que contaba era el presente, los minutos del momento en cuestión, la última obra de todas. Esta vez era un enorme caballo blanco con las patas deformes y la boca llena de espumarajos. Tinya había procurado reflejar su rabia en los ojos del animal, entre los brillos de la luz imaginaria que alumbraba su peculiar mundo.

Miró hacia el interior del local atestado con la esperanza de localizar algún rostro familiar. Había mucha gente, hombres y mujeres que se afanaban en esa desesperante tarea que a veces resulta ser la comunicación. La mayoría hablaban elevando la voz por encima de la música que resonaba entre las paredes decoradas con malas copias de Toulousse-Lautrec y botellas de champán francés distorsionando las conversaciones histéricas de los beodos. Tenía que haber un conocido, un amiguete de los tiempos heroicos con el que charlar sobre tonterías o una chica con la que hubiese mantenido relaciones sexuales.

–¡Hombre, Pep! –gritó el encargado desde el otro lado de la barra–. ¡Cuánto tiempo!

Tinya había entrado sin darse cuenta. El instinto había dirigido sus pasos hacia el fondo del antro y ahora se encontraba oprimido por más de cincuenta personas que se apiñaban para fumar y beber sin conciencia del tiempo. De repente se arrepintió de estar ahí. Recordaba todas las borracheras, las resacas... Decidió que no había más tiempo que perder. Metió la mano en el bolsillo, agarró la pistola, colocó el cañón en su sien derecha y apretó el gatillo.

11 comentarios:

De vez en cuando apretar el gatillo de manera metafórica va pero que muy bien.

Renaces y... ¡a vivir que son dos días !

12 de julio de 2009 8:33  

Menudo final de impacto.
Qué tendrá el pasado que pesa tanto.

12 de julio de 2009 16:32  

Rossae, no lo sabes tú bien...

Lúcida, el pasado suele arrastrar muchos horrores...

12 de julio de 2009 18:54  

Martín, como todos vamos en nuestro particular barco, si, sabriamos de nuestro potencial y superficie de nuestras velas, podriamos navegar sin remar de vez en cuando.

Yo siempre dije, desde mi barquita que tienes unas grandes velas.
Aunque te resulte cursi.

Saludos.

14 de julio de 2009 12:11  

Terry, en esta vida no todo depende del tamaño...

Saludos desde los mares del sur...

14 de julio de 2009 19:30  

Hacía tiempo q no te visitaba. Un relato impactante...

17 de julio de 2009 19:32  

Sara, lo cierto es que yo tampoco paso mucho por mi blog. Mucho trabajo, sabes...

18 de julio de 2009 13:52  

Ibis, redibis, non morieris.

Ibis, redibis non, morieris.

La realidad es ficción o la ficción realidad?

20 de julio de 2009 21:28  

Pues, mira, no lo tengo muy claro, la verdad, aunque uno nunca sabe...

Un saludo.

20 de julio de 2009 23:20  

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Saludos cordiales.

3 de octubre de 2009 0:55  

Seguramente, renacer ..., no es tan promisorio como el buscar en esta corta existencia la felicidad.

Me encanto el escrito, un saludo

17 de noviembre de 2009 0:17  

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